miércoles, 25 de julio de 2012

CONVERSACIONES CON LA SEÑORA MARCEL BLUES

                                                          Parte I
 Del libro inédito: 
"Pregúntale a Rose"
Anécdotas, ensayos, preguntas y respuestas sobre el sexo y las relaciones  
Por: Rossalinna Benjamin


LA DISTANCIA ADECUADA O EL PROCESO DEL DESENCANTO



-¿Adónde va tan elegante, señora Marcel Blues?- Le pregunto a mi ídolo del vecindario o probablemente del mundo, cuando la veo salir de su casa vestida como la princesa Diana en sus mejores días de asistencia a alguna causa benéfica. Es sorprendente el cambio que se opera en ella en ocasiones como esta, pues viste todo el tiempo ropa muy cómoda y con un estilo muy particular, algo entre hippy y amazona, que de hecho, le va muy bien.

-¡Oh, hola, Rose! ¡Eeeh…eres tú!- Me dice cortésmente, sin embargo, dejando claro en su gesto de levantar las dos cejas al mismo tiempo que no es ninguna sorpresa y en la forma en que casi desorbita los ojos, que en todo caso no es una sorpresa precisamente agradable “o más bien, oportuna”, diría ella siempre tan correcta y gentil, aunque con mucho carácter.

Sí, a ese nivel de profundidad conozco a la señora Marcel Blues. Y no es que seamos íntimas ni nada parecido, la señora Marcel Blues es la persona más hermética o, como lo expresaría ella: “amistosamente distanciada” que yo he conocido en mi vida. Paradójicamente, es la que más me ha enseñado sobre el ser humano y sobre el género femenino en particular. Y sé porqué. Ella me lo explicó, ¡claro!

“Es que cuando dos personas se acercan demasiado pierden la perspectiva, la visión del Otro se hace demasiado exagerada y por eso los conflictos y malentendidos. Imagina,
-me dice-, que estás mirando una imagen en una pantalla, supongamos que es la cara del chico que te trae loca. A una distancia muy larga, no tienes una real perspectiva de él, de su rostro, sólo puedes suponer los detalles, especular, imaginar, hasta inventar, ya que tu única fuente de datos es tu memoria. Sabes que tiene un barrito en la mejilla izquierda, pero no sabes si viene de una sala de cirugía estética donde se lo ha extirpado. Igualmente una persona a la que trates y se sitúe demasiado lejos de ti, no te dará la oportunidad de observarla, evaluarla, conocerla y valorarla en su justa medida y por tanto no puedes estar segura de nada y si lo estás o eres demasiado crédula (lo cual es malo) o podrías estar prejuzgando (lo cual es peor).

En cambio, volviendo a la imagen en pantalla y acercándola  a la distancia adecuada, lo verás hermoso, con su barrito intacto en la mejilla, perfecto en su imperfección, bellamente humano, tal cual es. La distancia adecuada entre dos sujetos es aquella en la cual cada uno tiene la mejor perspectiva del otro.

Sin embargo, acerca la imagen más y más y más todo lo que puedas… ¿Cómo lo ves ahora? O quizás la pregunta debería ser ¿Qué ves? ¿Eso ya no se te parece mucho al chico de tus sueños, verdad?  De hecho, me atrevería apostar que lo único que tienes ante la vista, todo lo que ves es esa enorme mancha abultada de lo que fuera un simple barrito y te parece realmente asquerosa.

¿Ves? Eso es lo que hace la mayoría de la gente, a menudo. Por esa razón tantas relaciones que pudieron ser grandiosas terminan rotas, porque no guardaron la distancia adecuada en la cual pudieran apreciarse mutuamente sin perder la perspectiva.

De tan cerca, los defectos se ven muy grandes, la belleza y las virtudes desaparecen, sólo se puede ver al otro como imagen, como un montón de pixeles cegadores y molestos en una pantalla, y por tanto, hostiles y fuera de nuestro alcance, imposibilitado de desarrollar una relación real con nosotros. Así las cosas, nos desapegamos y distanciamos emocionalmente para protegernos de la invasión, redundando todo en lo que llamamos el…

-Desencanto. Digo yo, sin poder evitarlo. Y cubriéndome la boca con las manos inmediatamente, abochornada por dejar escapar con mi admirada señora Marcel Blues, esa vieja manía de terminar las frases de mis interlocutores. Afortunadamente ella es toda una dama y además en verdad aprecia conversar conmigo por lo cual solo sonríe a medias y mueve la cabeza afirmativamente.

“Exacto: desencanto. Hasta la palabra es un poco fea. Algo que pudiera evitarse completamente si llevamos con prudencia el proceso de acercamiento a los demás. La mejor prueba de amor que puedes darle a alguien es respetar su espacio. Cuando lo invades, quebrantas su sistema de seguridad y por tanto, alarmas su instinto de conservación, poniendo todo su ser en alerta roja y colocándote a ti mismo en la posición de “Objetivo”.  Su ser, automáticamente comienza a percibirte como el enemigo.

Violar el espacio vital del otro es poner en peligro la confianza del otro, la relación y a uno mismo.

El afecto y el respeto son líneas paralelas interdependientes, donde se quiebra una se debilita (cuando menos) la otra.  Es difícil respetar a quien desprecias u odias. En cambio, siempre respetarás a alguien a quien verdaderamente quieras, pues si no sientes respeto hacia su ser, no hay tal afecto.

En conclusión, una de las cosas que más valoramos es nuestro espacio vital, nuestra intimidad, nuestra individualidad, una intromisión imprudente del otro es considerada un ataque a la integridad y por tanto una lesión al código relacional establecido. Al otro, a su espacio, hay que asomarse con la misma cautela con que toma un colibrí una gota de rocío de un pistilo de magnolia. De otro modo se corre el riesgo de quebrarlo.

 No exagero, Rose, ¡no me mires así!”

Me sonrojo: -No es eso, señora Marcel Blues, es solo que me parece una comparación bastante cursi. Perdone usted.-

-Sí que lo es, por Dios!- Ella me señala con el dedo entre carcajadas que le arrancan lágrimas. A punto está de arruinar su fabuloso maquillaje, al cual no termino de acostumbrarme. De algún modo, en la imagen que tenía de ella antes de hoy no encajaba para nada cosmético alguno. Pero esta nueva señora Marcel Blues es toda una revelación y es tan encantadora como la otra.

Me río también y me despido de ella agradeciéndole la charla. De camino hacia mi indispensable cita diaria con el río pienso con una sonrisa que al final la señora Marcel Blues no me dijo adónde iba así emperifollada. También pienso que de seguro en ese momento está haciendo lo de costumbre, es decir, devolverse agitada a buscar alguna cosa que olvidó. Miro hacia atrás para comprobarlo. Efectivamente, está abriendo la casa y desde aquí puedo ver sus labios moviéndose y su gesto malhumorado. Vuelvo a reir, imaginando las lindezas que debe estar soltando por esa boca bien pintada. La señora Marcel Blues, maldice que es un encanto. Me asegura que cada día aprende tres nuevas palabras obscenas para ocasiones como esas en que resultan tan útiles. Le pregunto que de dónde las toma y haciendo un gesto de restarle importancia, me responde: “ah, eso es lo de menos! Hay mucho de donde escoger: los reguetoneros, los libros de poesía, el muelle, los cobradores, ciertas amas de casa, las  estrellas de rock, el diario de mi último ex…infinidad de fuentes maravillosamente dotadas”.

Su voz, asombrosamente tranquila y alegre interrumpe mis pensamientos:

-¡Hey, Rose, ven aquí, por favor! ¿No olvidaste algo?-

-Usted me dirá, señora Marcel Blues- me hago la desentendida.

Ella ríe de lado, no se traga el cuento. –Bien, creí que querías saber a donde voy…

-No es necesario que me lo diga, señora Marcel Blues, no quisiera entrometerme en su espacio- la miro con cautela y se ríe.

-Ay, eres increíble, muchacha, llegarás lejos, lo sé. Sabes demasiado. En realidad me interesa que sepas adonde voy, pues muy pronto te hablaré de eso. Estoy camino de un gran acontecimiento, me dice mientras revisa su bolso, la primera reunión de la comunidad lesbiana del país con el Congreso. Haré una ponencia allí.-

Abro los ojos como platos. Gracias a Dios logro bajar la vista antes de que se enderece y me mire de nuevo y logro preguntar con razonable naturalidad:

-¿Es usted lesbiana, señora Marcel Blues? Uppps! Perdone, no me responda, es muy personal. ¡Qué torpe soy! ¡No aprendo nunca!

-No te preocupes, Rose. A ti puedo decírtelo y entenderás, eres casi tan Open Mind como yo. (¡Siento que voy a salir volando! ¡Dios, me lo dice a mí!). No, Rose, no soy lesbiana. Pero tengo otra condición que me hace más que facultada para ir a luchar por su causa: Soy mujer. Y…Rose, puedes tutearme, debe ser bastante pesado tener que llamarme por mi nombre completo cada vez.-

-Oh, gracias señora Marcel Blues, pero eso sí que no lo aceptaré. No podría acostumbrarme, ya sabe! La distancia adecuada- Sonrío por su cara de estupefacción. La señora Marcel Blues es muy extraña. Ahora siempre estaré temiendo su “desencanto” de mí. Al final se relaja y se encoge de hombros: -De acuerdo, la distancia adecuada!- Reímos.

Me guiña un ojo y se va casi corriendo a su auto.

“¡Por Dios, estoy retrasada!” La oigo exclamar mientras arranca.

Miro mi celular y ya estoy retrasada quince minutos para mi cita con mi amigo de agua. Espero que no esté malhumorado cuando llegue. No sé nadar.

La señora Marcel Blues es sólo un punto negro en su auto que a la distancia parece de juguete. He perdido la perspectiva de ambos así que mejor espero a que vuelvan a estar a la distancia adecuada.